Pisa morena, pisa con garbo
Viernes, Noviembre 27th, 2009Hace más de un mes que las aceras se visten de otoño, que los árboles dejan paso a los rayos del sol y que el viento susurra poemas de antaño. Y a mí, este cambio de estación siempre me ha puesto algo poética, y tanta lírica me trastorna los sentidos. Como me conozco, cada vez que me noto retozona y melancólica no lo pienso demasiado y comienzo mi tratamiento de choque.
Me levanto muy temprano y salgo a correr por las calles cuando aún no están bulliciosas, es genial sólo escuchar mis pasos. Disfruto sintiendo cómo mis mejillas están rojas por el frescor de la mañana y no por la brocha cargada de colorete. Y ahí voy yo, los primeros metros los marco con aire garboso, como la morena del pasodoble. Mi cuerpo brinca a cada zancada y respiro acompasadamente, dando ritmo a mi camiseta de tirantes. ¡Bonito escote, sí señor!
Pero momentos después, mis mejillas pierden el rubor del comienzo, pasan del carmesí a la congestión; las zancadas se convierten en pasos cortos y arrastrados; descanso mis manos sobre las caderas, el cuerpo inclinado hacia delante y la boca abierta como un pez recién sacado del agua. ¡Socorro, me asfixio! ¿A que me tiro al suelo? ¡Ay, no, que una señorita no hace eso! Uff, salvada por la repisa. Sí, aquí quedo mejor. Me apoyo y sonrío, como si no sucediera nada, que ya empiezan a pasar los madrugadores. Para completar el disimulo, un truquillo infalible: hago como que hablo por el móvil; bueno, más bien que escucho, porque no me sale la voz del cuerpo y no es cuestión de ponerme a jadear con el teléfono en la mano.
En esas estaba cuando, justo delante de mí, veo un musculitos dando brincos:
- Uno, dos, uno, dos…
Levanta los brazos y de un sopetón se tira al suelo mientras yo doy un grito temiendo que se fuera a romper las narices. Pero él empieza a hacer flexiones y con la misma facilidad, da un salto doble mortal, me cae enfrente y suelta:
- Vamos preciosidad, ponte tú también y ya verás como te hago recuperar la forma.
Fijo, como si lo viera, vamos que si me coge éste me liquida. Hay que ser realista, que no está una ya para tanto musculito.
- ¡Mira mis abdominales, como una tableta de chocolate! Toca, toca.
- ¿Chocolate? Que no, que eso me da igual. A mí me van más los cariñitos otoñales, de esos que, cuando empieza a hacer frío, me acurrucan bajo la manta. Y además, ¿para qué quiere un bombón como yo una tableta de chocolate…?
Sin embargo, sobre gustos no hay nada escrito. Tengo una amiga que asume que está entrando en la época otoñal de su vida y se niega a seguir desaprovechado los años. Así que ahora está decidida a recuperar el tiempo perdido y huye de los de su quinta, sólo se deja conquistar por los que son más jóvenes que ella. Y vaya, que le está sentando divino, tiene la piel preciosa y anda con la sonrisa en la boca a todas horas.
Pero yo ando bastante despistadilla con este otoño tan primaveral. El otro día aparecí de sopetón en medio de una reunión, de las llamadas: «sólo para mujeres». En el centro, una señora con los brazos puestos en jarras, un delantal bordado en punto de cruz y en su mano, haciendo una demostración magistral, un impresionante mortero a pilas. Como no estoy en lo que estoy, suelto, bien alto, saludando a las presentes:
- ¡Ay, qué bien! Una reunión de taper-sex… ¡con las ganas que yo tenía! ¡Con razón os veo a todas tan contentillas, ehhh! – Y a codazos me hago sitio en la primera fila.
- No, guapa, esto va de cocina, pucheros, lentejas, blup, blup ¿lo pillas, hijica?
- Pues no sabéis lo que os perdéis, me han dicho que venden unos aparatitos que dan un gusto…
Al ver la cara de todas, y los aspavientos de algunas, comienzo a dar marcha atrás a la vez que hago profundas reverencias y salgo disparada de la reunión con un ataque de risa y las lágrimas cayendo por mis mejillas.
La verdad es que, en medio de estas bochornosas e inesperadas temperaturas, estoy un poco confundida, porque con este lío, ya no sé en qué estación me encuentro. Creo que ha llegado el momento de tomarme un respiro y, por ahora, a mi corazón le apetece más andar que correr; es que no hay nada mejor que pasear abrazada mientras piso con garbo las hojas que se zarandean por una brisa cálida. El footing me recuerda demasiado a un achuchón, de los de «aquí te pillo, aquí te mato». Y a mí el otoño me gusta saborearlo lentamente y envuelta en fragancia de castañas asadas.
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